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Miércoles, 10 de junio de 2015

Ser o no avalista: ¿Generosidad demasiado arriesgada?

Es sin duda una figura que entraña riesgo. Convertirse en avalista de alguien –aunque sea por el amor y/o cariño más grande que exista- supone comprometer el propio patrimonio presente y futuro.

El Banco de España define el aval como “una forma de garantizar o asegurar el cumplimiento de obligaciones económicas. Quien avala –el avalista- se declara dispuesto a hacer frente a los compromisos del avalado –normalmente el pago de una determinada cantidad de dinero- frente a una tercera persona o entidad –el beneficiario del aval- en caso de que el avalado no lo haga”.

Un acto, el de convertirse en avalista, que supone consecuencias. Según Pau Monserrat, economista, director editorial de iAhorro y autor del libro La banca culpable, “más que un acto de generosidad, es una actuación irreflexiva, salvo que se limite el aval y/o los avalistas puedan pagar las cuotas de la hipoteca durante el tiempo que los titulares tengan problemas de pago”.

¿Puede alguien dejar de ser avalista?

Dentro de una operación hipotecaria, el avalista es la figura más débil. Es quien más perjudicado resulta cuando el deudor no hace frente al pago del préstamo ya que tendrá que responder ante dicha deuda con su patrimonio e ingresos presentes y futuros, y además nunca será propietario de aquello que se adquiere. Pero ¿es posible dejar de ser avalista?

La respuesta es sí, a través de una novación o cambiando unos avalistas por otros. Pau Monserrat recalca que dejar de ser avalista “depende de que el banco prestamista lo acepte”, en el caso de hacerlo por novación, “solo ocurre si los titulares del préstamo pagan bien y hay garantías suficientes además de los avalistas –por ejemplo si los hipotecados tienen otros inmuebles o productos de inversión”, y en caso del cambio de avalistas, “por ejemplo cuando una pareja compró una vivienda, se separa y uno de ellos se queda con la casa y la deuda, el banco acepta quitar un titular y cambiar de avalistas”.

La figura del avalista también se hereda

Aunque se pueda pensar que no, la figura del avalista también se hereda. El artículo 1.156 del Código Civil relativo al Capítulo V de la extinción de las obligaciones, dice que “Las obligaciones se extinguen: por el pago o cumplimiento, por la pérdida de la cosa debida, por la condonación de la deuda –que se perdone la deuda, cosa poco habitual-, por la confusión de los derechos de acreedor y deudor, por la compensación o por la novación”.

Pero entre los motivos que justifican el fin de una obligación –como es la de hacer frente a una deuda adquirida a través de la figura del aval- no se contempla la de fallecimiento del titular de la deuda. Ante el fallecimiento del o los avalistas, esta obligación adquirida se transmite a los herederos –si los hubiese-. Al aceptar una herencia, se aceptan tanto derechos como obligaciones, y entre ellas puede estar la del aval.

Otra alternativa a valorar: el hipotecante no deudor

Existe otra figura que puede ayudar a otro a la hora de adquirir un inmueble y con la que se consigue limitar la responsabilidad. Se trata de la figura del hipotecante no deudor, a través de la cual éste hipoteca su vivienda como segunda garantía del préstamo. De este modo, en caso de tener que responder por la deuda, el hipotecante no deudor solo respondería con la parte hipotecada de la vivienda. Tal y como se puede leer en la Guía Hipotecaria elaborada por iAhorro, “esta figura dentro del mundo de las hipotecas es una fórmula mucho más beneficiosa que la del avalista para el que la desempeña ya que, si se impaga el préstamo, nuestra deuda se limita a lo hipotecado y nada más”.

Pau Monserrat lo tiene claro, “la generosidad es no comprometer el patrimonio de la familia, para que los hijos puedan tener un hogar junto a los padres si tienen apuros económicos. Si el banco pide avalistas porque no se fía de la capacidad de los solicitantes de devolver las deudas, los padres deberían ser los primeros en cuestionar junto a los hijos la idoneidad de pedir el dinero”.

 

Cinco Días.

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