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Jueves, 12 de mayo de 2016

Europa necesita una industria de telecos fuerte.

Los rumores, insistentes y repetidos, sobre un posible veto de Bruselas a la compra de O2, filial británica de Telefónica, por parte del grupo asiático Hutchison, se convirtieron ayer en certezas. La operación, que ha tenido que afrontar desde su anuncio un muro de dificultades y presiones, suponía fusionar O2 con Three, filial de Hutchinson en Reino Unido, lo que habría reducido el número de operadores en el mercado británico de cuatro a tres. A menos de diez días para que finalizase el plazo para adoptar la decisión, la Comisión Europea ha anunciado su veto con el argumento de que la operación reduce las opciones de los consumidores de Reino Unido y podría provocar un aumento de precios.

Pese a la potente campaña de las autoridades británicas para frenar la fusión por supuestas razones de competencia, tanto Bruselas como Londres han cambiado su criterio en esta ocasión y respecto a anteriores movimientos de integración en el mercado de las telecos. Las autoridades británicas autorizaron sin dificultades la creación de un gigante nacional en el sector, nacido de la compra de EE por British Telecom (BT). Tampoco la Comisión Europea puso objeciones a movimientos similares en otros países, como Austria, Irlanda y Alemania, donde se redujo también el número de operadores móviles de red de cuatro a tres.

La decisión de Bruselas de prohibir esta fusión constituye un nuevo obstáculo en el proceso de consolidación que la industria de telecomunicaciones europea tiene pendiente. No es una buena noticia que en un mercado mundial sin fronteras en el que los jugadores compiten por calidad en el servicio, pero también por tamaño, el Viejo Continente continúe sin respaldar sin ambages una estrategia económica que permita a Europa hacer frente con garantías a los grandes gigantes globales.En el caso de Londres, la tentación del nacionalismo económico que se adivina en esta decisión no es privativa de los británicos, sino que se ha repetido en otras operaciones y en otros mercados. Pero no ocurre lo mismo con Bruselas, cuyo veto resulta muy difícil de explicar sin tener en cuenta factores geopolíticos que pueden existir, pero nunca deben determinar los criterios de competencia de un organismo supranacional. La proximidad entre el plazo para pronunciarse sobre esta operación y la celebración del referéndum sobre el brexit es uno de esos factores. Resulta un secreto a voces la incomodidad de la CE ante la tesitura de intervenir en un mercado con las autoridades y la opinión pública en contra y que en pocas semanas decidirá si permanecer o no en la UE. Es una coyuntura delicada, sin duda, pero la tarea de los órganos de gobierno es precisamente tomar decisiones en escenarios complejos y hacerlo bajo criterios inequívocos de transparencia e interés general.

 

Cinco Días.

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