El ‘teletac fiscal’ o lo que encierra el debate del peaje de las autopistas

Nuestro sistema tributario está inteligentemente diseñado para que el contribuyente no tenga conciencia real y directa de lo que paga a Hacienda.

El debate que actualmente se está produciendo sobre los peajes esconde, en realidad, el rechazo de los contribuyentes a los impuestos que se pagan sin intermediarios. De hecho, recordémoslo, el debate no es pagar por el mantenimiento de las autopistas, sino quién ha de hacerlo: quienes las utilizan, o todos los contribuyentes. Se trata, por tanto, y en el plano teórico, de sustituir los impuestos que se pagan por ello, por peajes, esto es, por el pago por uso. Sea como fuere, su debate oculta otro más importante, que es el de las consecuencias de la visualización de los impuestos.

Nos guste o no, el éxito de nuestro sistema impositivo reside en el inteligente diseño en la recaudación de los impuestos, que se basa en su múltiple fragmentación y en la interposición de intermediarios que dificultan el que seamos conscientes de lo que realmente pagamos.

Fijémonos si no en lo que recientemente ha ocurrido con las prestaciones por los ERTE en los que, como consecuencia de tener dos pagadores, se ha retenido durante el año un importe inferior al habitual y, ahora, al presentar la declaración por el IRPF, se ha de abonar la diferencia. No se trata de que se paguen más impuestos. Se trata, tan solo, de que, pagando los mismos, se les ha retenido durante el año un importe inferior. Sin embargo, hay malestar social.

El diseño del mecanismo de inconsciencia fiscal se materializa de muy diferentes formas. Una de ellas es diluirlos en el precio de los productos que compramos, de forma que, al adquirirlos, no tengamos la percepción de estar pagando impuestos. Y si la tenemos, no sabemos cuánto. Este es el caso, por ejemplo, del impuesto incluido en el precio del combustible, del tabaco, o de las bebidas alcohólicas. En estos casos, el impuesto, de cuantía por cierto muy considerable, pasa desapercibido.

En otros casos, el impuesto se diluye y confunde con el precio de los bienes o servicios que adquirimos. Así, aunque su importe conste en la factura o tique, nuestro cerebro lo confunde con el precio de lo que consumimos. Este es el caso, por ejemplo, del IVA. La inconsciencia fiscal es mayor en la medida en que en un solo día son muy diversos los pagos que realizamos por la compra de bienes y servicios, circunstancia que dificulta todavía más la percepción exacta del IVA que abonamos cada día al pagar el café, bus, metro, refresco, comida, taxi, colonia, diario, etc. En definitiva, multitud de intermediarios y de consumos.

En otros supuestos, los impuestos se enmascaran con el precio de suministros muy diversos como la luz o el agua. Si se fijan, en Barcelona, por ejemplo, más del 50 % del total del recibo del agua corresponde a tributos de muy diferente pelaje: el IVA, el canon del agua, la tasa de alcantarillado, la de recogida de residuos municipales generadas en los domicilios, y la tasa metropolitana de tratamiento de residuos municipales.

Además, el hábil sistema de las retenciones hace que no se nos retenga una vez al año, sino tantas veces como se satisfacen rentas, esto es, cada vez que se pagan intereses, dividendos, alquileres, o el sueldo; circunstancia que, añadida a la existencia de intermediarios, dificulta, sin duda, la percepción exacta de lo que pagamos y acostumbra a nuestro cerebro a que asimilemos los importes netos, esto es, después de impuestos, y no los brutos, esto es, antes de impuestos.

El círculo de la inconsciencia se cierra inteligentemente con la presentación del IRPF, en el que el contribuyente solo percibe el diferencial que le devuelven o que ha de satisfacer, pero no el importe que ha pagado durante el año que, salvo casos puntuales, pasa desapercibido por el contribuyente a pesar de constar en su declaración.

Total, que el verdadero contribuyente apenas ingresa de forma directa y consciente la mayoría de los impuestos.

A estos hay que añadir los tributos visibles, esto es, los que no son reiterativos y tienen un impacto recaudatorio bajo, pero que su percepción, por ser visibles, produce rechazo: entre otros, el IBI, la plusvalía municipal, el Impuesto sobre Sucesiones, y las tasas.

Los copagos, como ocurre con los medicamentos, son otro motivo de queja. Se rechaza su pago directo, pero se admite con tranquilidad que su coste se diluya entre los impuestos. Se admite, pues, la invisibilidad.

A todo ello hay que añadir la traslación económica de los impuestos y que significa que la mayoría de los que las empresas soportan, se trasladan al consumidor vía precio sin que este los perciba. La anestesia social se completa con la obsesión por nuestra presión fiscal, inferior a la media europea, obviando decir que nuestro esfuerzo fiscal es de los más altos.

En definitiva, con los impuestos tenemos la misma percepción que con el teletac: inconsciencia del coste. No hay percepción real y directa de pago.

Sin embargo, la verdadera cultura fiscal exige transparencia, esto es, que no se nos diga el coste per cápita que por cada servicio público pagamos con impuestos, su distribución por percentiles de renta, y la eficiencia y eficacia de las políticas de gasto.

Cinco Días

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